Le dije que necesitaba estar sola.
No discutió.
Me pidió que lo llamara si Emiliano necesitaba algo y se marchó con su padre.
Cuando abrí la puerta, mi hijo estaba sentado en el sofá viendo dibujos animados.
—¿Dónde está papá? —preguntó.
Dejé las llaves sobre la mesa.
—Tiene que resolver unos asuntos.
Emiliano me observó.
—¿Estás llorando?
Me arrodillé frente a él.
—Un poquito.
—¿Papá hizo algo malo?
No supe qué responder.
No quería convertir a mi hijo en el juez de su padre. Tampoco quería mentirle como Mauricio me había mentido a mí.
—Papá nos ha ocultado algunas cosas importantes —dije—. Los adultos tenemos que hablar para entender qué está pasando.
Emiliano bajó la mirada.
—Yo sabía que algo estaba mal.
Le acaricié el cabello.
—¿Por qué no me lo contaste antes?
—Porque papá me pidió que no te preocupara.
Sentí que el corazón se me encogía.