—Porque hice una promesa.
No quiso explicarme más.
Su padre, Mauricio, reaccionó mucho peor.
—Si sales vestido así, no pienso ir.
Santiago no discutió.
—Está bien, papá.
Y Mauricio cumplió su amenaza.
Pero aquello no fue lo único.
Diego, el mejor amigo de Santiago desde secundaria, dejó de contestarle los mensajes. Incluso la dirección de la escuela nos llamó para sugerirle que buscara una manera “menos polémica” de expresar lo que quisiera expresar.
Santiago escuchó todo.
Y no cambió de opinión.
Por eso, cuando anunciaron su nombre durante la ceremonia, yo estaba sentada sola.
—¡Santiago Ramírez!
Mi hijo caminó hacia el director con la espalda recta.
Las risas aumentaron.
Recibió su certificado, estrechó la mano del director y, durante unos segundos, permaneció frente a todos.
Después ocurrió algo que nadie esperaba.
En vez de regresar con sus compañeros, bajó del escenario y comenzó a caminar por el pasillo central.