Mauricio vino detrás.
—Lucía, no vayas.
Me detuve sin voltear.
—Durante meses me pediste que dejara descansar a nuestra hija.
Apreté la pequeña llave dentro de mi mano.
—Esta noche voy a descubrir por qué tú necesitabas tanto que yo dejara de hacer preguntas.
Y por primera vez desde la muerte de Valeria, Mauricio no tuvo ninguna respuesta.
Una hora después, Santiago y yo estábamos frente a la casa de Teresa.
Ella abrió la puerta antes de que tocáramos.
Tenía los ojos hinchados.
Sobre la mesa había una caja metálica.
El broche tenía un espacio vacío exactamente de su tamaño.
Teresa conectó la memoria USB a su computadora.
—Antes de reproducirlo necesito advertirles algo.
—¿Qué cosa?
Me miró directamente.
—Lo que ocurrió aquella noche empezó por el dinero, pero no terminó por el dinero.
Presionó reproducir.
La pantalla mostró nuestra sala.