Mi padre levantó su copa dentro de mi propia casa y soltó, delante de toda la familia:

En ese instante, todas las luces de la propiedad se apagaron.

Mariana salió corriendo hacia la entrada.

Mi padre levantó el teléfono furioso.

Y Mauricio me envió una fotografía del documento.

Abrí el mensaje.

Vi el nombre de mi padre.

Vi mi nombre.

Y debajo apareció una firma que supuestamente era mía.

Pero yo jamás había firmado ese papel.

La fotografía tardó apenas unos segundos en cargar.

Pero cuando pude leer el documento completo, sentí que algo dentro de mí se endurecía.

No era una escritura.

Tampoco era un contrato de compraventa.

Era una solicitud preliminar para utilizar mi casa de Valle de Bravo como garantía de un crédito por 4.6 millones de pesos.

Y al final de la hoja aparecía mi nombre:

Gabriela Mendoza.

Debajo estaba una firma.

Una imitación bastante buena de la mía.

Pero falsa.

—Mauricio —dije, sin apartar la mirada de la pantalla—. Yo nunca firmé esto.

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