Mi padre levantó su copa dentro de mi propia casa y soltó, delante de toda la familia:

—Pero esto no.

Me entregó el sobre.

Mi padre intentó quitármelo.

Mauricio se interpuso.

—Señor Mendoza, no toque nada.

Abrí el sobre.

Dentro había un contrato.

No era el crédito.

No era la garantía.

Era un acuerdo privado firmado meses antes.

Y por fin entendí por qué necesitaban instalar a Mariana dentro de mi casa.

Mi padre no pretendía simplemente utilizar la propiedad como respaldo.

Había prometido algo mucho más peligroso a cambio del dinero.

En la última página aparecían tres firmas.

La de Ernesto.

La de Ricardo.

Y una tercera que hizo que Mariana se levantara de golpe.

—Esa no es mi firma.

Levanté la vista.

Mi padre estaba inmóvil.

Ricardo retrocedió hacia la puerta.

Mauricio tomó el documento y comenzó a leerlo con atención.

Pasaron diez segundos.

Luego veinte.

—Gabriela —dijo finalmente—, no dejes que nadie salga de aquí con ningún documento.

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