Uno que me dejó sin palabras.
Mariana Mendoza.
—Ella dijo que no sabía nada.
—Puede que realmente no lo sepa —respondió Mauricio—. O puede que haya mentido desde el principio.
Regresamos.
Mariana estaba sentada sola.
Ricardo y mi padre discutían en la cocina.
Me acerqué y puse el teléfono frente a ella.
—¿Conoces esta empresa?
Leyó el nombre.
Negó lentamente.
—Nunca la había visto.
—Apareces relacionada con ella.
Su rostro se quedó blanco.
—Eso es imposible.
Ricardo apareció detrás.
—Dame ese teléfono.
Mauricio se interpuso.
—Ni se le ocurra.
Mariana miró a su esposo.
—¿Usaste mis documentos?
Ricardo ya no podía sostenerle la mirada.
Y entonces comprendí algo.
—Mariana —pregunté—, cuando vendieron el departamento, ¿tú firmaste personalmente?
—Sí.
—¿Qué más firmaste ese día?
Se quedó pensando.
—Ricardo llevó varios papeles. Dijo que eran trámites fiscales y bancarios.
Mauricio y yo nos miramos.