Solté una risa corta.
—Están tocando la puerta de mi casa. Claro que es asunto mío.
El timbre volvió a sonar.
Esta vez Mauricio abrió.
El hombre del portafolio preguntó:
—¿Se encuentra el señor Ernesto Mendoza?
—¿Quién lo busca?
El hombre mostró una identificación profesional y explicó que necesitaban entregar documentación relacionada con una obligación mercantil.
Mi padre cerró los ojos.
No era una visita amistosa.
Mauricio recibió los documentos sin hacer declaraciones por nosotros y revisó la primera página.
Su expresión se endureció.
—Ernesto —dijo—, esto no habla de 4.6 millones.
Mi padre no respondió.
—¿Cuánto? —pregunté.
Mauricio levantó la mirada.
—Más de nueve millones de pesos, considerando otras obligaciones mencionadas aquí.
Mariana se dejó caer en una silla.
—Dios mío.
Mi padre finalmente explotó.
—¡Iba a resolverlo!
—¿Cómo? —pregunté—. ¿Con mi casa?
—Era la única propiedad suficientemente valiosa.