Ernesto palideció.
—Esto es un asunto familiar.
—Dejó de serlo cuando aparecieron documentos con firmas cuestionadas.
El silencio cayó de golpe.
Mariana giró hacia nuestro padre.
—¿Firmas qué?
Ricardo salió de la cocina.
Al verme, se quedó inmóvil.
Eso fue suficiente.
—Tú sí sabes —le dije.
—No sé de qué estás hablando.
Saqué la copia del correo.
Ricardo perdió el color del rostro.
Mariana se la arrebató.
Leyó.
Después lo miró.
—¿Qué es esto?
—Déjame explicarte.
—¿Mandaste documentos de esta casa?
—Tu papá dijo que Gabriela había dado permiso.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Ya basta!
Nadie habló.
—Todo lo hice por esta familia —continuó—. ¿Creen que quería llegar a esto? La empresa se estaba hundiendo. Tenía empleados. Proveedores. Familias que dependían de mí.
Lo miré.
—Entonces decidiste usar mi patrimonio.
—Solo temporalmente.
—Con una firma falsa.
—¡Yo sabía que al final ayudarías!