Una apariencia.
—¿Mamá sabía Mariana?
Elena bajó los ojos.
—No sé.
Entonces sacó el último papel.
Era una hoja escrita a mano por mi padre.
Había tres nombres.
Ernesto.
Ricardo.
Mariana.
Junto al mío había una cifra:
“Gaby: 4,600,000.”
No dormí esa noche.
Al día siguiente decidí regresar a Valle de Bravo acompañada por Mauricio.
No para expulsarlos a gritos.
No quería convertir aquello en una pelea familiar donde después todos pudieran afirmar que yo había perdido el control.
Quería escuchar qué historia estaban dispuestos a contarme.
Cuando llegamos, encontramos varias cajas todavía en la entrada.
Mariana abrió.
Su expresión cambió al ver al abogado.
—¿Ahora vienes con abogados?
—Vengo a mi propiedad.
Mi padre apareció desde el comedor.
—No tienes derecho a entrar así.
Mauricio levantó una ceja.
La ironía era casi absurda.
—Señor Mendoza —dijo—, la propietaria está entrando a su propia casa.