Eso me tranquilizó durante unos tres segundos.
—¿Alguien?
Mauricio deslizó otra hoja hacia mí.
—Aquí viene la parte complicada.
Era un correo electrónico impreso.
El remitente no era mi padre.
Era Ricardo.
Mi cuñado.
Lo leí dos veces.
Ricardo había enviado documentos relacionados con mi propiedad a un intermediario financiero.
—Entonces Mariana sabía.
—No necesariamente —respondió Mauricio—. Sabemos que Ricardo participó. Todavía no sabemos qué le dijeron a ella.
Recordé su silencio por teléfono.
Quizá mi hermana no era solamente víctima.
Pero quizá tampoco conocía todo.
Esa tarde recibí un mensaje de mi madre, Elena.
“Necesito hablar contigo sola.”
Nos encontramos en una cafetería pequeña lejos de la casa.
Llegó con lentes oscuros y una bolsa apretada contra el pecho.
—Tu padre no sabe que estoy aquí.
Se sentó.
No pidió nada.
—Gabriela, yo pensé que solo quería que Mariana viviera ahí.