—¿Discretamente?
—Son familia.
—Precisamente por eso no voy a intervenir para favorecerlo.
Papá guardó silencio.
Después bajó la voz.
—Sandra, tu hermano ha trabajado demasiado para llegar hasta ahí.
Sentí algo romperse dentro de mí.
No era rabia.
Era cansancio.
—Yo también, papá.
—No dije que tú no.
—Nunca necesitas decirlo.
Mauricio me hizo una seña para que terminara.
Entonces papá dijo algo que me dejó fría.
—Además, tú no conoces toda la historia.
Miré a mi hermano.
Él estaba pálido.
—¿Qué historia?
Silencio.
—Papá.
—Habla con Mauricio.
La llamada terminó.
Bajé lentamente el teléfono.
—¿Qué quiso decir?
Mauricio caminó hasta la ventana.
—Nada.
—Te pregunté qué quiso decir.
—Papá dramatiza todo.
En ese momento tocaron la puerta.
Era Arturo.
—Almirante, encontramos más inconsistencias.
Mauricio se giró.
—¿Qué encontraron?
—Tres órdenes de servicio.
Arturo colocó unas copias sobre la mesa.
Las cantidades no eran enormes para el presupuesto operativo de una embarcación, pero tampoco insignificantes.