—¿Papá te mandó?
—Estoy aquí trabajando.
Él soltó una carcajada.
—Claro. “Trabajando”.
Después miró mis insignias.
Su sonrisa cambió.
—¿Y todo eso qué es? ¿Ahora regalan estrellas por llenar formularios?
Sentí varias miradas clavarse en nosotros.
Pero no respondí.
Había pasado demasiados años escuchando exactamente lo mismo durante las comidas familiares.
Entonces Mauricio cometió el error.
Me sujetó del brazo.
—Vamos, Sandra. No tienes que hacerte la importante aquí.
Miré su mano.
Luego lo miré a los ojos.
—Retira la mano.
—¿O qué? —respondió sonriendo—. ¿Vas a acusarme con papá?
Me empujó ligeramente del hombro.
Esta vez nadie apartó la mirada.
Un joven marinero que estaba junto a la pasarela palideció.
Otro bajó lentamente la carpeta que llevaba en las manos.
Mauricio todavía sonreía.
Estaba acostumbrado a que todos terminaran aceptando sus bromas porque, según mi familia, “así era él”.
Entonces escuchamos pasos apresurados.