—Sí.
—¿Modificaste los archivos?
—No.
—El sistema dice otra cosa.
—Alguien usó mi sesión.
—¿Quién tenía acceso?
—Muchísima gente.
Karla negó con la cabeza.
—No exactamente.
Mauricio la fulminó con la mirada.
Ella continuó.
—El acceso requería una segunda validación.
—¿Qué tipo?
—Una clave temporal enviada al dispositivo registrado.
Miré a Mauricio.
—Tu teléfono.
Él no respondió.
—Mauricio.
—Sí.
Ya no había arrogancia.
Solo miedo.
Pero algo seguía sin encajar.
Si él hubiera alterado todo conscientemente, ¿por qué conservar registros tan fáciles de rastrear?
—Quiero ver las horas exactas de las modificaciones.
Karla abrió el historial.
Primera modificación: 23:47.
Segunda: 00:13.
Tercera: 00:31.
Todas la misma noche.
Mauricio miró las horas y frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque esa noche yo no estaba aquí.
—¿Dónde estabas?
Me miró.
—En Guadalajara.
Sentí que algo se movía bajo mis pies.