Diecinueve de mi madre.
Once de mi padre.
Siete de Esteban.
Las demás eran números desconocidos.
Me incorporé de golpe.
Entonces vi un mensaje de Esteban.
“Mariana, contesta. No regreses a la casa hasta hablar conmigo.”
Otro de mi madre:
“Por favor. Cometí un error.”
Y finalmente uno de Sofía:
“Llámame en cuanto despiertes. Mauricio apareció.”
La llamé.
—¿Qué pasó?
—Mauricio vino al despacho esta mañana.
—¿Para cobrar?
—Eso creí.
—¿Y no?
—No exactamente.
Sofía respiró profundamente.
—Trajo el documento original que tu padre nunca nos enseñó.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué documento?
—Uno firmado hace nueve años.
—¿Qué dice?
—Que una parte del dinero que Mauricio entregó a tu padre no fue un préstamo.
—Entonces, ¿qué fue?
—Una compra.
Sentí que se me dormían los dedos.
—¿Compra de qué?
—De la participación de tu padre en un terreno que tenía con Mauricio en las afueras de Querétaro.