“Tu hermano viene a vivir aquí con sus dos hijos, así que tú te vas. Ya estuvo bueno de mantener a una parásita.”

Mi madre intentó detenerlo.

—¿Adónde vas?

—A un hotel esta noche. Mañana veré qué hago.

Cuando la puerta se cerró, quedamos mis padres y yo.

Pensé que todo había terminado.

Me equivoqué.

Mi celular comenzó a vibrar.

Era Sofía.

—Mariana, necesito que vengas al despacho.

—Estoy con mis padres.

—Tráelos si quieren. Encontré algo.

Miré la hora.

—¿Qué cosa?

Hubo un silencio.

—Los pagos de Servicios del Pacífico.

—¿Qué pasa con ellos?

—No eran regalos.

Sentí frío.

—¿Entonces?

—Hay un segundo convenio.

Miré a mi padre.

Él había escuchado.

Su cara perdió el color.

—Papá sabe de qué hablo, ¿verdad?

Sofía oyó mi pregunta.

—Mariana, no discutas sobre esto por teléfono. Ven.

Cuarenta minutos después estábamos en su despacho.

Mi madre no había querido acompañarnos.

Mi padre sí.

Sofía puso un documento sobre la mesa.

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