Saqué mi celular.
—Está escrito en el correo.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Mi padre comenzó a llorar.
No de manera escandalosa.
Solo se cubrió el rostro con ambas manos.
—Ya basta —dijo.
Todos guardamos silencio.
—Ricardo, ¿qué te pasa? —preguntó mi madre.
Mi padre levantó la mirada.
—Tengo que contarles algo.
Miró a Esteban.
Luego a mí.
—Hace dos años pedimos más dinero del que Mariana sabe.
Sentí que el piso se movía bajo mis pies.
—¿Qué?
Mi madre también parecía confundida.
—¿Más dinero?
Papá asintió.
—Cuando cerró el taller, yo debía dinero a proveedores. No quería decírtelo, Laura. Ya estabas tomando medicamentos para dormir y pensé que no aguantarías otra preocupación.
—¿Qué hiciste?
—Reestructuré la deuda.
—¿Con qué garantía?
Mi padre miró alrededor.
Nadie necesitó que respondiera.
La casa.
Esteban se levantó de golpe.
—No inventes, papá.