No pude continuar.
Alejandro tomó mi mano.
Valeria abrió otro documento.
—Lucía, espera.
—¿Qué?
—Hay algo más.
En la parte inferior aparecía el nombre de la persona designada originalmente para administrar aquel patrimonio hasta que yo cumpliera treinta años.
Patricia Ramírez.
Mi suegra.
—¿Por qué mi mamá conocía a la tuya? —susurró Alejandro.
Yo tampoco tenía respuesta.
Entonces el celular de Alejandro sonó.
Era Patricia.
Contestó inmediatamente.
—¡Mamá!
Pero no escuchamos a Patricia.
Escuchamos la voz de Roberto.
—Hijo.
Alejandro se puso rígido.
—¿Dónde está mi mamá?
—Está conmigo.
—Si le hiciste algo…
—No le hice nada. Pero creo que ya encontraron la memoria.
Nadie respondió.
Roberto soltó una risa triste.
—Entonces también encontraron el fideicomiso.
Miré a Alejandro.
—¿Qué sabes sobre mi madre?
Hubo un largo silencio.
Después Roberto dijo algo que ninguno esperaba.
—Mucho más de lo que Patricia te ha contado.