—¿Por qué no me dijiste nada?
Su rostro se endureció.
—Porque aparecía tu firma.
Aquellas cuatro palabras me destruyeron.
—¿Mi firma?
Valeria sacó una carpeta.
Dentro había copias de autorizaciones bancarias.
Mi nombre aparecía en todas.
Lucía Hernández.
Habían utilizado una firma muy parecida a la mía para autorizar movimientos de dinero.
—Eso es falso.
—Lo sabemos —dijo Valeria—. Pero necesitábamos demostrarlo.
Alejandro se acercó.
—Por eso mentí. Si te contaba y mi papá descubría que sabías algo, podía intentar responsabilizarte.
Me senté.
De pronto recordé algo.
Tres meses antes, Roberto había venido a nuestra casa.
Me había pedido firmar unos documentos relacionados con el seguro de vida de Alejandro.
“Es una actualización rutinaria”, dijo.
Yo firmé dos hojas.
Pero había más papeles sobre la mesa.
—Dios mío…
Alejandro me miró.
—¿Qué?
—Tu papá estuvo en casa.