Mi suegra entró al hospital mientras yo dormía después del parto, cubrió a mi bebé con pintura negra y gritó: “¡Miren todos, este niño no puede ser de mi hijo!”

Él se colocó entre ella y la cunita.

—No te acerques otra vez a mi esposa ni a mi hijo.

Creí que aquello sería lo peor.

Me equivoqué.

Porque mientras seguridad pedía que todos permanecieran en la habitación, una enfermera regresó con una pequeña bolsa transparente.

Dentro había un frasco.

Lo habían encontrado entre las cosas de Leticia.

Pero lo verdaderamente inquietante no era la sustancia negra que quedaba en el fondo.

Era la etiqueta pegada al frasco.

Mauricio la leyó.

Su rostro cambió por completo.

—Mamá… ¿desde cuándo estabas planeando esto?

Leticia dejó de llorar.

Y fue entonces cuando entendí que aquello no había empezado esa mañana.

Había algo que mi suegra llevaba preparando desde antes de que yo entrara al hospital…

—Mamá… ¿desde cuándo estabas planeando esto?

Mauricio sostenía la pequeña bolsa transparente que la enfermera acababa de entregarles a los elementos de seguridad.

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