—Usted aplicó una sustancia desconocida sobre la piel de un recién nacido. Vamos a revisarlo inmediatamente.
Sentí que me faltaba el aire cuando otra enfermera tomó a mi hijo.
—No se lo lleven…
—Tranquila —me dijo—. Vamos a mantenerlo cerca de usted. Necesitamos asegurarnos de que no tenga irritación en los ojos, la boca o la piel.
En ese momento apareció Mauricio.
Mi esposo había bajado al estacionamiento del hospital por mi maleta y regresó encontrándose con una escena imposible: yo llorando, mi mejilla todavía roja por la bofetada, enfermeras examinando a nuestro hijo y su madre discutiendo en medio de la habitación.
—¿Qué pasó?
Leticia corrió hacia él.
—Mauricio, yo sabía que algo estaba mal. Cuando vi al niño entendí que Daniela te había engañado y…
—Señora, basta —interrumpió la jefa de enfermeras.
Le mostró la gasa manchada.