Sentí un vacío en el estómago.
Mauricio apagó el altavoz.
—Gracias, Paola.
Y colgó.
Me miró.
—Voy a arreglar esto.
—No.
Se quedó sorprendido.
—Lo vamos a arreglar.
Porque durante meses todos habían hablado de mí sin mí.
Esta vez no.
Tres días después regresamos a casa con nuestro hijo.
Las primeras semanas fueron difíciles.
Dormíamos poco.
Yo lloraba por cualquier cosa.
A veces, cuando veía una mancha oscura en una cobija o una sombra sobre la piel de mi bebé, mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza.
Mauricio también cambió.
Instaló una cámara en la entrada.
Dejó claro a toda la familia que nadie podía visitarnos sin avisar.
Y bloqueó temporalmente a su madre.
Mi mamá fue diferente.
No intentó justificar lo que hizo.
Una semana después llegó sola.
No pidió cargar al bebé.
No entró hasta que yo se lo permití.