Mi suegra entró al hospital mientras yo dormía después del parto, cubrió a mi bebé con pintura negra y gritó: “¡Miren todos, este niño no puede ser de mi hijo!”

—Yo me enteré después —dijo Paola—. Pensé que sólo quería comprobar si estaba viendo a alguien. No sabía lo del bebé.

Mauricio caminó hasta la ventana.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque mamá juró que tenía pruebas.

—¿Pruebas de qué?

—De que Daniela pensaba dejarte, pedirte dinero y quedarse con todo.

Cerré los ojos.

Ahí estaba.

No era solamente celos.

No era únicamente una suegra obsesionada con su hijo.

Era miedo.

Miedo a perder control.

Miedo a que yo separara a Mauricio de ella.

Y había construido una historia entera para justificarlo.

Las fotos.

Las preguntas.

Las insinuaciones sobre el bebé.

Finalmente, aquel montaje cruel en el hospital.

—¿Y qué esperaba conseguir? —pregunté.

Paola tardó en responder.

—Que Mauricio creyera que el bebé no era suyo.

La habitación quedó completamente silenciosa.

—¿Para qué? —preguntó Mauricio.

—Para convencerte de que hicieras una prueba de ADN y dejaras a Daniela.

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