El peluquero de mi hijo se inclinó hacia mí justo antes de que saliéramos y susurró:

Toc.

Mateo comenzó a temblar.

—Es él, mamá.

—¿Estás seguro?

Asintió sin apartar los ojos de la entrada.

Uno de los agentes, Ramírez, se colocó a un lado de la puerta mientras su compañero salía discretamente por la parte trasera de la casa.

—Policía municipal —gritó Ramírez—. Identifíquese.

Silencio.

Después escuchamos pasos rápidos sobre la banqueta.

—¡Se está yendo!

Todo ocurrió en segundos.

Ramírez salió corriendo.

Yo intenté acercarme a la ventana, pero el otro oficial regresó y me detuvo.

—No salga.

—¡Ese hombre estuvo acercándose a mi hijo!

—Precisamente por eso.

Desde afuera escuché gritos.

Luego el sonido de una patrulla arrancando.

Mateo enterró el rostro contra mí.

Yo solo podía pensar en una cosa.

El sobre.

Seguía sobre la mesa.

—¿Cuándo te lo dio? —pregunté.

—El jueves, cuando salí de la escuela.

—¿Y qué te dijo?

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