—¿Cuánto?
La ejecutiva mencionó la cantidad.
$620,000 pesos.
Me quedé en silencio.
—¿Cuándo?
Tres semanas antes.
Yo estaba en un viaje de trabajo en Ciudad de México.
—¿A qué cuenta fue?
Por políticas de privacidad, necesitábamos seguir un procedimiento formal para obtener toda la información.
Pero Adriana me hizo una pregunta.
—¿Tú autorizaste alguna transferencia por esa cantidad?
—No.
Ella cerró su carpeta.
—Entonces esto ya no es solo una discusión matrimonial. Hay que documentarlo correctamente.
Durante los siguientes días todo cambió.
Guardé copias de los mensajes.
Respaldé los videos.
Solicité movimientos bancarios.
Cambié contraseñas.
Separé accesos personales de las cuentas que legalmente podía administrar por mi cuenta.
Y, sobre todo, no volví a quedarme sola con Rodrigo.
Él comenzó enviándome mensajes furiosos.
Después llegaron las disculpas.
“Cometí un error.”
“Podemos arreglarlo.”
“Piensa en los niños.”
“Mi mamá tuvo la culpa.”