Daniel se había levantado antes que yo.
Había preparado el desayuno de Sofía.
Incluso le había trenzado el cabello, algo que hacía fatal y que había hecho reír a nuestra hija.
Antes de salir, la abrazó más tiempo de lo normal.
Yo pensé que se sentía culpable por trabajar demasiado.
Ahora entendía que se estaba despidiendo.
Le di una bofetada.
No fue fuerte.
Pero el sonido nos sorprendió a los dos.
—Eso es por hacerme creer que no confiabas en mí.
Daniel no se movió.
Las lágrimas comenzaron a correrle por el rostro.
Después lo abracé.
Tan fuerte que casi rompí el sobre entre nosotros.
—Y esto —susurré— es porque estoy aterrada.
Sentí sus brazos alrededor de mí.
—Perdóname.
Lloramos en medio de aquel pasillo como si nadie más existiera.
Pero entonces recordé la carta.
Me separé.