Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

—Daniel, ¿qué pasa?

Se limpió rápidamente la cara.

—Perdimos a un paciente. Duérmete, Laura.

No pregunté más.

Ahora me arrepentía.

Aquella mañana preparé tortas de pierna, puse también una rebanada del pay de manzana que tanto le gustaba y escribí una nota:

“No tienes que cuidar a todo el mundo. Déjame cuidarte a ti también.”

Llegué al hospital cerca del mediodía.

En cuanto dije su nombre en la estación de enfermería, dos mujeres que me conocían desde hacía años intercambiaron una mirada.

—¿Está Daniel en quirófano?

Silencio.

—¿Qué pasa?

Entonces apareció el doctor Ramírez.

Era uno de sus mejores amigos.

Al verme, se quedó inmóvil.

—Laura…

Sonreí nerviosa y levanté la bolsa.

—Vine a sorprenderlo. ¿Dónde está?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No puede ser…

—¿Qué?

—Daniel me juró que ya había hablado contigo.

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