Y existía una transferencia de casi ochocientos mil pesos que nadie quería explicarme.
Recogí a Sofía.
Cuando me vio, corrió hacia mí.
—¡Mamá! Pensé que venía mi tía Vero.
La abracé.
—Cambio de planes.
—¿Encontraste a papá?
Me congelé.
Yo le había contado que llevaría comida al hospital.
—Sí.
—¿Le gustó el pay?
Sentí un dolor insoportable en el pecho.
—Todavía no lo prueba.
Esa noche dejé a Sofía con mi hermana Mariana.
No quería que escuchara conversaciones sobre hospitales, operaciones o cáncer.
Después regresé con Daniel.
Lo encontré dormido.
Por primera vez pude observarlo sin las excusas que me había repetido durante meses.
Estaba más delgado.
Tenía ojeras profundas.
Sobre el buró había medicamentos que jamás había visto en casa.
Me senté junto a él.
Daniel abrió los ojos.
—Pensé que no volverías.