Miré a Daniel.
—¿Qué?
—Tenemos una autorización enviada esta mañana por el doctor Daniel Mendoza.
Sentí que la sangre se me iba del rostro.
—No entreguen a mi hija a nadie. Voy para allá.
Colgué.
—¿Por qué autorizaste a tu hermana para recoger a Sofía?
Daniel se quedó callado.
—¡¿Por qué?!
—Porque pensé que mañana tú estarías conmigo.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque sabía que ibas a preguntar por qué.
Aquello ya era absurdo.
—Claro que iba a preguntar.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—¿Qué tiene que ver tu hermana con esos $780,000?
Daniel miró hacia la ventana.
—No fueron para Verónica.
—Entonces, ¿para quién?
No respondió.
Me fui.
Durante el trayecto a la escuela sentí que mi cabeza iba a explotar.
Mi esposo tenía cáncer.
Lo operarían al día siguiente.
Me había ocultado nueve meses de tratamientos.