Alcancé a distinguir el nombre de Rodrigo…
el de Fernanda…
y una cifra de ocho dígitos.
Pero antes de poder ampliar la imagen, Daniel la eliminó.
Segundos después me llamó.
Contesté.
—Daniel, dime qué está pasando.
Del otro lado hubo silencio.
Después escuché su respiración agitada.
—Mariana… el problema ya no es que tu esposo tenga algo con su secretaria.
Hizo una pausa.
—Lo que intentaron hacer con tu patrimonio es mucho peor.
Y justo cuando iba a explicármelo, la llamada se cortó.
—Mariana… el problema ya no es que tu esposo tenga algo con su secretaria.
La voz de Daniel se escuchó entrecortada.
—Lo que intentaron hacer con tu patrimonio es mucho peor.
Y la llamada se cortó.
Me quedé inmóvil en medio de la terminal privada, con el teléfono pegado al oído.
—¿Daniel?
Nada.
Volví a marcar.
Una vez.
Dos.