—¿Cómo consiguieron esto? —pregunté.
Entonces recordé otra cosa.
Meses atrás, mi suegra me había pedido una copia de mi identificación porque supuestamente la necesitaba para incluirme en un seguro familiar.
Se la envié por WhatsApp.
Me senté lentamente.
Daniel pasó a la siguiente página.
Allí estaba mi supuesta firma.
Y debajo, dos testigos.
Uno era un empleado que no conocía.
El otro nombre me hizo dejar de respirar.
Beatriz Montemayor.
Mi tía.
La hermana menor de mi padre.
—Esto no tiene sentido.
Beatriz había sido integrante del consejo de administración de varias empresas familiares durante más de veinte años.
Conocía perfectamente la estructura de mi patrimonio.
Y también sabía cuánto había invertido yo en Grupo Alcázar.
Marqué su número.
Apagado.
Llamé a mi padre.
—Papá, ¿has hablado con la tía Beatriz?