Pero había un detalle.
Desde hacía tres años yo agregaba una pequeña línea al final de mi segundo apellido en documentos corporativos importantes. Era una costumbre que había adoptado después de un problema bancario.
Aquellas firmas no la tenían.
—Son falsas.
—Eso creo.
—¿Crees?
—Necesitamos un peritaje.
Sentí rabia, pero también miedo.
—¿Fernanda hizo esto?
Daniel negó lentamente.
—Fernanda participa, pero no creo que sea quien dirige todo.
—¿Rodrigo?
—Tampoco estoy seguro.
Eso me desconcertó.
—Daniel, estamos hablando de mi esposo.
—Precisamente.
Se inclinó hacia mí.
—Mariana, alguien preparó esta operación durante casi un año. Revisaron contratos antiguos, actas, fideicomisos, licencias, poderes. Rodrigo no tiene la paciencia ni el conocimiento jurídico para organizar algo así solo.
—¿Quién?
Daniel miró hacia la entrada de la cafetería.
—Tenemos que irnos.
—¿Qué?
—Ahora.
Dos hombres acababan de entrar.
No hicieron nada extraño.