Que mi padre llorara por sus errores no recuperaría los años en que creí que me había abandonado.
Lo único que podía hacer era decidir qué iba a construir con el tiempo que todavía tenía.
Guardé la carta en un cajón.
No como un acto de perdón.
Sino como un recordatorio de que las personas pueden reconocer sus errores, aunque ese reconocimiento no les garantice una segunda oportunidad.
A veces, la única reparación posible es dejar de mentir.
Y permitir que los demás decidan qué hacer con la verdad.
Capítulo 17. Tres años después
Tres años después de mi salida de prisión, regresé al Panteón Jardines de la Paz.
Llevaba flores para mi madre.
Don Ernesto seguía trabajando allí, aunque caminaba más despacio y utilizaba unos lentes nuevos.
Cuando me vio entrar, dejó la libreta sobre el escritorio.