Al principio me costaba dormir.
Cada vez que escuchaba una puerta cerrarse con fuerza, despertaba sobresaltado.
Cuando veía una patrulla, sentía que el cuerpo se me tensaba.
La libertad había llegado antes que la tranquilidad.
Tuve que aprender a vivir con ambas cosas por separado.
Mi padre me ayudó a encontrar apoyo psicológico para procesar lo ocurrido. Al principio me resistí. Creía que, después de sobrevivir a la prisión, debía ser capaz de resolverlo todo por mi cuenta.
Con el tiempo comprendí que pedir ayuda no me hacía débil.
Me permitía seguir adelante.
Un domingo, mientras desayunábamos, mi padre dejó una carpeta sobre la mesa.
—He tomado una decisión —dijo.
La abrí.
Eran documentos relacionados con la reorganización de los asuntos familiares y de los bienes que todavía podían recuperarse legalmente.
—No quiero que vuelvas a sentir que debes cargar con todo esto —explicó—. Quiero que tengas la libertad de decidir qué lugar ocupa la empresa en tu vida.