Él comenzó a llorar.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Puedes imaginarlo, pero no lo sabes.
Se secó la cara.
—Tienes razón.
Hubo un silencio.
Después me entregó una hoja.
Era una copia de la declaración que había presentado.
—No te la doy para que me perdones. Quiero que sepas que esta vez dije la verdad.
Tomé el documento.
—La verdad no te devuelve lo que hiciste.
—Lo sé.
Se levantó para marcharse.
Antes de llegar a la puerta, se volvió.
—Hay algo que quiero decirte sobre papá.
Esperé.
—Durante los meses en que estuvo escondido, me envió dos mensajes. En el primero me pidió que detuviera a mamá. En el segundo me dijo que todavía podía confesar antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Y qué hiciste?
Mauricio bajó la cabeza.
—Los borré.
No dije nada.
—No espero que me perdones, Santiago. Pero no quiero volver a vivir escondiéndome de lo que hice.