No lo perdoné en aquel momento.
Todavía no.
Sin embargo, acepté escuchar el resto.
Ramírez guardó los documentos y se puso de pie.
—Tenemos suficiente para solicitar una investigación formal. No significa que todos estos documentos sean automáticamente admisibles ni que una condena anterior pueda anularse de inmediato. Pero hay indicios serios que merecen ser examinados.
Mi padre lo miró.
—¿Y Verónica?
—No vamos a advertirle antes de asegurar las pruebas.
En ese instante, el teléfono de mi padre comenzó a sonar.
Miró la pantalla y perdió el color del rostro.
El nombre que aparecía era:
MAURICIO.
Capítulo 8. La llamada
Mi padre dejó sonar el teléfono.
Mauricio volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
«Sé que Santiago está contigo. No hagas nada estúpido. Mamá quiere hablar».
Ramírez fotografió la pantalla.
—No respondan todavía.
El teléfono vibró otra vez.