—¡Ya lo hicieron!
—Lo sé.
—¿Y por eso desapareciste?
Mi padre se sentó lentamente.
—La noche antes de que intentara entregar las pruebas, alguien entró en mi despacho. Me golpearon y me dejaron inconsciente. Cuando desperté, faltaban varios documentos y el sistema de seguridad había sido borrado.
Ramírez intervino.
—¿Denunció el ataque?
—No. Cometí otro error. Creí que podría recuperar los documentos antes de que los destruyeran. Me fui a esta casa y empecé a reunir copias de todo lo que había guardado.
—Pero no fue a mi juicio —dije.
Mi padre me miró.
—Me dijeron que ya tenían controlados a los testigos y que, si aparecía, te acusarían también de haber participado conmigo en el fraude. Pensé que podría encontrar las pruebas y demostrar tu inocencia antes de que te condenaran.
—Pero me condenaron.
—Sí.
Su voz se quebró.
—Y cuando intenté regresar, ya era demasiado tarde. Verónica había anunciado mi muerte dentro de la empresa y había empezado a mover los bienes. No sabía en quién confiar. Me convencí de que, si permanecía escondido un poco más, podría protegerte.