Mi padre apoyó la frente contra la mía.
—Perdóname, hijo.
Me aparté.
Y entonces vi el cabello blanco, las arrugas profundas y el cansancio en su rostro.
Parecía haber envejecido diez años.
—¿Por qué? —pregunté.
Él bajó la cabeza.
—Entra. Te lo contaré todo.
Pero yo no quería sentarme.
No quería beber café ni escuchar excusas.
Quería saber por qué mi padre había permitido que creyera que me había abandonado.
—Me dijeron que habías muerto.
—Lo sé.
—Me dijeron que tenías cáncer.
—También lo sé.
—Pasé tres años en prisión.
Mi voz se quebró.
—Tres años, papá. Cada noche pensé que quizá no volvería a verte. Y mientras yo estaba allí, tú estabas vivo.
Mi padre cerró los ojos.
—No estuve escondido porque quisiera abandonarte.
—Entonces, ¿por qué?
Miró al licenciado Ramírez.