—Mauricio estaba allí.
El abogado levantó la mirada.
—¿Te vio?
—Sí.
Ramírez cerró el libro.
—Entonces debemos actuar con rapidez y sin cometer errores.
Le conté lo de la carta, la llave y la desaparición de mi padre.
Cuando terminé, permaneció callado.
—Hay algo que nunca te dije sobre tu juicio —dijo al fin—. Tres días antes de que declararas, recibí una llamada anónima. La persona afirmó que tenía pruebas de que tu firma electrónica había sido clonada.
Me incliné hacia él.
—¿Quién era?
—No lo sé. Me pidió que fuera a una dirección para recoger los documentos. Cuando llegué, no había nadie. Solo encontré un sobre vacío.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque no tenía pruebas de que la llamada fuera real y tu nueva defensa insistió en que dejáramos de investigar esa línea. Me equivoqué al no insistir más.