Lo abrí.
No era un libro de cuentas corriente.
Contenía una relación de transferencias, números de facturas, fechas, nombres de proveedores y anotaciones escritas a mano.
Reconocí varios de los movimientos que la fiscalía había utilizado para condenarme.
Pero había una diferencia fundamental.
En el libro, las mismas transferencias aparecían vinculadas a una cuenta distinta de la que figuraba en el expediente judicial.
Alguien había cambiado los datos.
Seguí pasando las páginas.
Encontré copias de facturas con sellos auténticos y otras que parecían haber sido elaboradas después. Había anotaciones sobre pagos a una empresa que nunca había oído mencionar.
Y, junto a varias operaciones, aparecían las iniciales:
M. M.
Mauricio Mendoza.
Me quedé mirando aquellas letras.
Mi hermanastro había participado en las operaciones.
Pero eso no demostraba todavía que hubiera organizado mi detención.