Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre

Me limpié los ojos con la manga.

—¿Mi padre recibió estas cartas?

—Algunas fueron enviadas a su domicilio. No puedo asegurarte que las haya leído todas, pero tenemos evidencia de que recibió varias.

—¿Y nunca me dijo nada?

—No.

Me senté otra vez.

Por primera vez en nueve días, no estaba pensando en el hambre, en el coche averiado ni en dónde dormiría aquella noche.

Estaba pensando en un anciano que había pasado años preguntándose si su nieto era feliz.

Un hombre que había muerto sin poder abrazarme.

Y en el hombre que me había criado, que había tenido todas las oportunidades para decirme la verdad y había elegido el silencio.

Entonces recordé la frase de la primera página.

«Si estás leyendo esto, significa que tu padre finalmente hizo aquello que yo temía».

—¿Qué temía exactamente mi abuelo? —pregunté.

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