Mientras esperaba, vi a un joven que trabajaba recogiendo las mesas.
Tendría unos diecisiete años.
Parecía agotado.
Llevaba una mochila vieja y contaba cuidadosamente las monedas que le habían devuelto.
No sabía nada de su historia.
No sabía si estaba estudiando, si tenía problemas en casa o si simplemente había tenido un día difícil.
No iba a preguntárselo.
Cuando llegó la cuenta, pagué y dejé una propina generosa.
Al salir, me acerqué a la caja y pedí que le entregaran al joven una comida para llevar, pagada por mí.
No lo hice para sentirme un héroe.
Lo hice porque recordaba perfectamente lo que se sentía tener hambre y no saber si podrías comer al día siguiente.
A veces, una persona no necesita que le resuelvan toda la vida.
A veces solo necesita que alguien le haga más fácil llegar al día siguiente.