Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre

Acepté hablar con él.

Nos encontramos en un parque.

Diego llegó sin coche nuevo, sin ropa de marca y sin la sonrisa burlona que yo recordaba.

—No sé cómo disculparme —dijo.

—Empieza por no justificarte.

Asintió.

—Tienes razón.

Me contó que el negocio que había intentado financiar con ayuda de mi padre había fracasado y que ahora trabajaba para pagar sus deudas.

No me pidió dinero.

Agradecí que no lo hiciera.

—No espero que volvamos a ser hermanos como si nada hubiera pasado —le dije—. Pero si quieres tener una relación conmigo, necesito que me trates con respeto.

—Lo haré.

No le prometí que todo quedaría olvidado.

Las disculpas no borraban los recuerdos.

Pero podían ser el primer paso para construir algo diferente.

Con Patricia ocurrió algo parecido.

No nos convertimos en una familia unida de inmediato.

Algunas heridas necesitarían años para sanar, y otras quizá nunca desaparecerían por completo.

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