Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre

—Me convencí de que tenía derecho a decidir por todos —continuó—. Pensé que, si controlaba lo que sabías y lo que tenías, podría evitar que Joaquín volviera a tener poder sobre mí.

—Pero no era el dinero de Joaquín. Eran mis ahorros.

—Lo sé.

—Yo confiaba en ti.

Mi padre cerró los ojos.

—Lo sé, hijo.

—No. No creo que lo sepas.

La voz me tembló.

—Yo tenía dieciocho años. No sabía dónde dormir. No sabía si iba a poder terminar la preparatoria. Me daba vergüenza pedir ayuda porque pensaba que todos me iban a ver como un fracaso. Y mientras yo dormía en un coche, tú estabas en casa.

Roberto comenzó a llorar.

No sentí satisfacción al verlo.

Solo una tristeza profunda.

—Lo siento —dijo—. Sé que no es suficiente.

—No. No lo es.

Se limpió los ojos.

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