Andrés permaneció callado durante unos segundos.
Luego me abrazó.
—Idiota. Podías haberme dicho algo.
—Me daba vergüenza.
—¿Vergüenza de qué? ¿De que tu papá te haya hecho esto?
No supe qué contestar.
Andrés me ayudó a recuperar apuntes, estudiar para los exámenes y organizar mis tareas.
Su familia incluso me invitó a comer varios domingos, sin hacer preguntas incómodas.
Aquellos pequeños gestos me enseñaron algo que ninguna herencia podía comprar: la familia también puede construirse con personas que deciden quedarse a tu lado cuando no tienes nada que ofrecerles.
Mientras tanto, el abogado continuó investigando mis ahorros.
La libreta que había conservado resultó fundamental.
También encontramos comprobantes de depósitos, mensajes antiguos y registros de los pagos que había recibido en la tienda de abarrotes.
Poco a poco pudimos reconstruir la cantidad aproximada que había ahorrado.