—Emiliano tiene registros de sus ingresos y depósitos. Necesitamos una explicación concreta sobre el destino de los fondos.
Roberto apretó la mandíbula.
—Era dinero que estaba guardado en nuestra casa.
—Era dinero que yo había ganado trabajando.
—Vivías bajo mi techo.
—Y tú aceptaste que trabajara. Nunca dijiste que ibas a quedarte con lo que ahorrara.
Mi padre golpeó la mesa con la palma.
—¡Te di comida, ropa y una educación durante dieciocho años!
Me estremecí.
No porque tuviera razón.
Sino porque había esperado toda mi vida que algún día dejara de utilizar esas cosas como una deuda que yo nunca podría pagar.
—Yo no te pedí nacer —dije en voz baja—. Pero sí te pedí ayuda cuando me echaste. Y me dijiste que ya era adulto.
Roberto abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Entonces Mauricio colocó una copia del documento firmado dieciocho años antes frente a él.