—Una esposa que sabe obedecer nunca termina enterrada en su propio jardín.
Ahora sé lo que debí haber respondido.
Una mujer no necesita obedecer para merecer respeto.
No necesita guardar silencio para merecer amor.
Y no necesita demostrar su sufrimiento ante el mundo para tener derecho a vivir libre.
Aquella mañana, Javier me enterró para enseñarme a obedecer.
Pero, sin saberlo, enterró también el último miedo que me mantenía a su lado.
Y cuando la tierra se apartó de mi rostro, no solo volví a respirar.
Volví a ser dueña de mi vida.
FIN.