Cuando llegó el día del parto, mi hermana Lucía estuvo conmigo.
Me tomó la mano mientras el personal médico me acompañaba.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo —me dijo—. Solo tienes que dejar que te cuidemos.
Lloré.
No de dolor esta vez, sino de alivio.
Después de horas de trabajo de parto, escuché el primer llanto de mi hijo.
Era un sonido pequeño y poderoso.
La enfermera lo acercó a mí.
Tenía los ojos cerrados, las manos diminutas y el rostro arrugado de los recién nacidos. Movió los labios, protestó por la luz y luego se quedó tranquilo contra mi pecho.
—Hola, Mateo —susurré.
Había elegido aquel nombre semanas antes.
Mateo significaba para mí una nueva oportunidad, no porque mi sufrimiento tuviera que convertirse en algo hermoso, sino porque mi vida no terminaría en aquel patio.
Mi hijo había llegado a un mundo que no siempre era justo.