—Eso no es cierto.
Los tres abogados me miraron.
—Adrián conocía perfectamente el origen del dinero. Firmó los contratos. Recibió copias. Y durante los primeros años, incluso me enviaba informes sobre el crecimiento de la empresa.
Saqué un tercer documento de mi bolsa.
Esta vez no era un papel amarillento ni una copia antigua.
Era una carta firmada por Adrián, fechada nueve años atrás.
El juez la recibió.
Leyó las primeras líneas.
Después leyó la firma.
Y entonces miró directamente a mi esposo.
—Señor Salgado, ¿reconoce esta firma?
Adrián tragó saliva.
—Parece la mía, pero no recuerdo el documento.
—¿No recuerda haber escrito que las aportaciones realizadas por su esposa serían reconocidas conforme a los contratos suscritos entre ustedes?
No contestó.
El juez continuó leyendo un fragmento de la carta.
—Aquí también señala que cualquier modificación de los derechos económicos de la señora Vargas requeriría el cumplimiento de las condiciones pactadas por escrito.