No volvimos a ser amigos íntimos.
Tampoco éramos enemigos.
Éramos los padres de dos niños que merecían crecer sin cargar con los errores de sus adultos.
Y eso era suficiente.
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Un domingo, mientras ordenaba unas cajas, encontré una fotografía de nuestro primer aniversario.
Adrián y yo aparecíamos frente a un pequeño camión que acabábamos de ayudar a comprar. Él tenía una mano sobre mi hombro y yo sostenía una carpeta contra el pecho.
Ambos sonreíamos como si el futuro fuera una promesa que nadie pudiera romper.
Me quedé observándola durante mucho tiempo.
Entonces comprendí algo que me había costado años aceptar.
Adrián no había inventado por sí solo cada detalle de la historia que contaba sobre su éxito. Había trabajado, había asumido riesgos y había tomado decisiones que contribuyeron al crecimiento de la empresa.