Poco a poco, comencé a confiar de nuevo en mí misma.
Una tarde recibí un mensaje de Adrián.
«Los niños me preguntaron si alguna vez trabajaste en la empresa. No supe qué decirles».
Leí el mensaje varias veces.
Después respondí:
«Diles la verdad, de una manera que puedan entender. Que nuestra historia fue más complicada de lo que pensaban y que los dos cometimos errores. No necesitan conocer todos los detalles financieros. Necesitan saber que nunca tuvieron la culpa de lo que pasó».
Adrián tardó casi una hora en contestar.
«Tienes razón».
No sé si aquella frase significaba que finalmente comprendía lo que me había hecho o si simplemente estaba cansado de discutir.
Y ya no necesitaba averiguarlo.
Con el tiempo, nuestra relación se volvió más práctica. Hablábamos de las actividades escolares, de las vacaciones y de las decisiones importantes relacionadas con los niños.